A Juan y Mariana
“Tengo miedo que me deje
por una chica peronista”,
les batí,
y como en una, ya avanzada, sesión de análisis, Juan me interrumpió:
“ahí tenés el título
de la novela”.
Ahora pienso
pero Juan, ¿qué escuchó?
Mariana y yo, sentadas, con una bolsita de recuerdos de París:
tickets de Metró,
programas de museos,
mapas de la ciudad,
postales,
entre papelito y papelito por ahí agarrábamos uno que decía: diez euros,
siete con cincuenta.
“mirá, ésta es la cafetera de Balzac…”
“la tetera de Rimbaud…”
Entre uno y otro, les hablé
de un nuevo amor de mi amor.
Fue una risa, pero me imaginé exactamente
el auto atravesando
la periferia de Rosario,
mi amor sentado junto a ella,
con su olor a pucho y varias novedades
de unos pibes que laburan en la municipalidad de no sé dónde,
de los sinsabores de la provincia,
de las cosas que encontraron al finalizar los comicios electorales.
Hay amor en esa escena, estoy segura,
aunque llegue a mi mente como una imagen del cable,
y Villa Gobernador Gálvez se vea como un barrio yanqui residencial,
y Mariana y yo aparezcamos después del corte,
recolectando figuritas
hablando de las ninfas y de ese museo con paredes redondeadas
que ansío conocer.
Juan arma su pipa, prende el televisor,
y se ríe.
Si redoblo la apuesta mirando el reloj,
contando el tiempo para la pizza,
se ríen los dos, un poco más tiernamente
porque dicen que lo que yo me imagino no puede ser.
Tal vez cuando el amor se va,
se vuelva imaginario. Esa noche fue la peli cursi
de la chica peronista
hablando de una fábrica vaciada.
Él y ella avanzaban entre la oscuridad del suelo.
De fondo sonaba “din don/ din don”.