Ricardo,
el hermano de mi padre, es un pianista
que no es pianista
trabajó como agente de turismo durante cuarenta años
en París.
Habla español como un francés.
Vivió triste y ahora, a los 65 años,
tiene una novia
de 64
llamada Rivka
a quien le regala rosas
y con quien va a la sinagoga.
“Es un problema filosófico, ¿te das cuenta?
si yo quiero hablar de este sueño,
el sueño de Jacob en el que los ángeles bajaban y subían escaleras,
necesito hablarlo con ella”.
Ni la abundancia de quesos
o la cara de piedra en la que veo a mi abuelo
cuando llegamos a su casa
ni la vez número millón que el tipo acompaña a alguien a Versailles
(¿estoy haciendo una cuenta?)
Estuvo rodeando la Place des voges
para enseñarme el recorrido
que hizo él cuando llegó
a los 25 años
sin saber hablar.
“Me pasó como a vos”, me dijo,
“cuando vino papá y mamá
yo los despedí en Roissy Charles De Gaulle.
Y se fueron,
y estuve veinticuatro horas sin poder parar de llorar,
¿te das cuenta?”
“No es algo que puedas resolver en una vida”.
Me hace reír
la risa de Ricardo, como una trompeta.