Din don, din don


A Juan y Mariana

“Tengo miedo que me deje
por una chica peronista”,
les batí,
y como en una, ya avanzada, sesión de análisis, Juan me interrumpió:
“ahí tenés el título
de la novela”.

Ahora pienso
pero Juan, ¿qué escuchó?
Mariana y yo, sentadas, con una bolsita de recuerdos de París:
tickets de Metró,
programas de museos,
mapas de la ciudad,
postales,
entre papelito y papelito por ahí agarrábamos uno que decía: diez euros,
siete con cincuenta.
“mirá, ésta es la cafetera de Balzac…”
“la tetera de Rimbaud…”

Entre uno y otro, les hablé
de un nuevo amor de mi amor.

Fue una risa, pero me imaginé exactamente
el auto atravesando
la periferia de Rosario,
mi amor sentado junto a ella,
con su olor a pucho y varias novedades
de unos pibes que laburan en la municipalidad de no sé dónde,
de los sinsabores de la provincia,
de las cosas que encontraron al finalizar los comicios electorales.

Hay amor en esa escena, estoy segura,
aunque llegue a mi mente como una imagen del cable,
y Villa Gobernador Gálvez se vea como un barrio yanqui residencial,
y Mariana y yo aparezcamos después del corte,
recolectando figuritas
hablando de las ninfas y de ese museo con paredes redondeadas
que ansío conocer.

Juan arma su pipa, prende el televisor,
y se ríe.
Si redoblo la apuesta mirando el reloj,
contando el tiempo para la pizza,
se ríen los dos, un poco más tiernamente
porque dicen que lo que yo me imagino no puede ser.

Tal vez cuando el amor se va,
se vuelva imaginario. Esa noche fue la peli cursi
de la chica peronista
hablando de una fábrica vaciada.

Él y ella avanzaban entre la oscuridad del suelo.
De fondo sonaba “din don/ din don”.

family

familia
ahora que papá se escribe con mamá
ahora que el tío se habla con la abuela
ahora que mi prima volvió con su novio
y que mi otra prima le dijo que sí a su sobrina
ahora que mi abuela saluda a su bisnieta sin escozor
ahora que los hijos son perros
los maridos, muñecos transparentes
las madres, especialistas de cocina
mi familia se espesa del otro lado de la fotografía
desde aquí la miramos encantados
con el respeto la fascinación del desarraigo
te miro y te imagino
haciendo las cuentas con los amigos de la infancia
de las fotos escaneadas
la red canta
frente a su retórica proyectiva sonreímos
en todas las fotografías los hijos
hablan por duplicado
fascinados
estas son diapositivas de tu viejo, me dijo mi tía
y cuando las vi a contraluz encontré paisajes
una playa, un bosque abandonado
un kibutz en el norte
las palabras judías escritas en las remeras de los adolescentes
en el facebook
haciendo esfuerzo por leer desde el otro costado
o para no responder
que no sé leer.

Hay cosas que están a la espera
entre lo que separa y lo que une
un pasado de ensueño
y un presente sin fisuras
que intenta resquebrajar

La toma de la piel del cuello y la sube a su falda,
la sostiene tiesa en su momento de ardor.

Se permite percibir
un olisqueo
la tibieza que precede al despertarse
cuando abre los ojos y la encuentra observando:
la presencia distante que necesita.

antes de dormir

antes de dormir pienso en alguien.
hago esto desde que recuerdo,
y la operación se parece a la plegaria,
pero no lo es.
y aunque a veces tumbo la cabeza y me duermo,
esa persona siempre regresa.

mi abuelo pensaba que sólo la música clásica
era música.
Ahora se me extiende ese recuerdo
una novela
que comienza con mi padre pidiéndome disculpas.

En el piano que robábamos
con él, con su hermano y con mis primos
lográbamos que en una pieza de Liszt
sonara A hard day’s night.

una cama

una cama
llena de enramadas, espinas
hierro,
zarzales.
Todo para trepar,
contornos iluminados con una luz azulina.
Irina se mece y se acuna: ah
mataron a papá, ah.
Se levanta, se limpia el rostro.
Su cama parece el cuenco de su ferocidad.

Nadábamos sobre tu espalda
y el agua era una gelatina radiante.
Una milésima de segundo
en el ahogo
de hacer como hacen las madres de las amebas
Ingrávidas, nosotras
y vos, abriendo los brazos
hacia abajo,
al fondo
luego al frente
Esa imagen

un cuento en el que vos y yo hacemos de astronautas
estelares
en una nave hecha con dos sillas
ahí afuera es sólo espacio
y vos te balanceás como un muñequito mongui
con los brazos en alto

lentamente.

Un paso largo y estoy
entre los dos revisamos la técnica
ahora
mojados
por una lluvia radioactiva

entramos corriendo a casa

Nadábamos
yo sobre tu espalda
madre-hija-larva

y el agua era
una gelatina radiante

una milésima de segundo
en el ahogo
de hacer como hacen las madres de las amebas

una ameba
ingrávida como mochila en tu espalda
abriendo los brazos como una tortuga
hacia abajo,
luego arriba,
al frente

esa imagen